sábado, 16 de febrero de 2013

Todo lo que sé de la Semana Santa de Málaga lo he aprendido en más de once años de transitar sus calles llenas de fe, de devoción, de trabajo y hermandad.
He escuchado las bandas, las saetas, las expresiones populares; he visto sus tronos, los terciopelos de sus cofradías, las flores, los trajes; he sentido los aromas del incienso y de las diferentes propuestas gastronómicas que nos ofrece la ciudad y me he impregnado de su tradición hasta romper en lágrimas.
No nací en Málaga, nací muy lejos, donde las tradiciones son totalmente diferentes y hasta la lengua varía en muchísimas ocasiones, pero he aprendido a valorar y disfrutar de cada actitud malagueña con el cariño sincero del agradecimiento.
Estas calles saben que las camino, que las escucho, que las siento y las vivo con el corazón, entregándoles lo mejor que puedo y de la mejor manera cada día, tal y como lo he hecho en todos estos años.
Por eso no importa si no he aprendido todo, al día de hoy, o si confundo los términos lingüísticos o las diferentes acepciones de tan extensas tradiciones gramaticales a lo largo del territorio español porque lo único que tiene realmente valor no es sólo lo que podamos ofrecer cada uno sino cómo lo hacemos y el empeño que pongamos en ello y la mejor manera de hacerlo es tal y cómo lo intento yo y como ha conseguido hacerlo tanta gente maravillosa en estos días de Semana Santa en Málaga, hermanados en el calor de un mismo fin lleno de principios: con la sencillez del corazón.

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