lunes, 5 de mayo de 2014

La trascendencia de las buenas costumbres (Acrílico: Peter Siegrist)


Hay diferencias que se acentúan, lamentablemente, con el paso del tiempo. Hay buenas costumbres que en lugar de afianzarse con los años se desvanecen en el error, como si nunca hubiesen sido las correctas y como si no hubiesen constituido los cimientos de tantas personalidades interesantísimas basadas en la buena educación y conducta.
La modernidad no debe asociarse al desinterés o a la falta de discreción. No hagamos al tiempo culpable de algunos abandonos provocados por las decisiones que se toman en la elección de una conducta más fácil.
“Se están perdiendo las buenas costumbres”, escuchaba hoy en las declaraciones de un empresario del campo argentino, que bien sabe acerca de la pérdida de las buenas costumbres. “Se ha perdido el respeto hacia los maestros, hacia los trabajadores, hacia los padres; la riqueza de la tierra se confunde con la riqueza que genera el hombre a través de ella…” y así una larga lista de valores que se han disuelto con el paso de los años como cenizas debajo de la lluvia.
No veo a la libertad como un don ingobernable, sino que la considero como una gratificación de la sociedad, en una respuesta merecida a lo que se ha hecho bien. No creo que la merezca cualquiera y menos que deba ser manipulada “a gusto del consumidor”.
No bastan las buenas intenciones, porque si se desarrollaran sin el tiempo necesario y sin las capacidades suficientes, darían  lugar a ciertas libertades que, finalmente, degenerarían en falta de educación y mal gusto, dos cualidades que hemos sufrido en varias ocasiones últimamente y reiteradas hasta el aburrimiento.
 El problema no es la ausencia de un propósito, si no el hecho de buscar hacerlo de la manera más sencilla, sin imponerse exigencias, ni metas de superaciones, confundiendo los preceptos que deberían regir los ideales, en pos de de una sociedad orgullosa de sus logros: trascender, y no sólo por la acumulación de trabajos realizados, sino por haberlos hecho bajo el amparo de las ambiciones, a través de una línea adecuada de conducta.





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