miércoles, 15 de octubre de 2014

Un cansancio endémico (Acrílicos: Peter Siegrist)


En estos días hemos estado expuestos involuntariamente, y debido a ciertas actividades inherentes a la informática y a ciertos compromisos cívicos, al exabrupto emocional y psicológico de una vorágine informativa producida por los medios y las redes sociales acerca del virus del ébola.
Ésta es la tercera vez, en poco más de diez años, que se alerta a la población sobre el trágico final de sus días, en el que serán consumidos por el feroz trol sanguinario e impasible de una epidemia que liquidará a la sociedad que se atreva a respirar, bañada en su propio vómito y desangrándose por cualquier orificio al exterior que posea su cuerpo.
Hoy me encuentro agotada y no soy capaz de seguir.
No sé si sacrificarán más animales, si se venderán más fármacos, si terminaremos todos sumergidos en el Mediterráneo en una ciudad construida especialmente para agonizar en una eterna y dantesca cuarentena o si terminarán encerrándonos en nuestras propias viviendas con una cruz roja en la puerta, como en el año mil quinientos de la peste.


Lo que sé, perfectamente, es que la sociedad actual ya me tiene de problemas “hasta el gorro” y lo único que me falta es tener miedo de tomar un autobús, una cerveza en la plaza que acostumbra a recibirnos o de abrazar a un compañero de trabajo, temerosa a que me transmita una enfermedad terminal. O que luego de casi cincuenta años bregando por la igualdad de condiciones, la sociedad me imponga la atrocidad de que el temor bien entendido comienza en la diferencia de razas o de procedencias.
Me niego rotundamente a tener miedo de ser víctima de un virus que, seguramente, me dañará menos que la envidia, tan de moda en esta época de superaciones flacas y dependientes del hecho de sobresalir sobre quién es más inteligente que nosotros mediante estrategias poco convencionales y fuera del camino de las doctrinas católicas.
Estoy segura que hace tanto más daño la incomprensión, la falta de memoria y la indiferencia que el temor a que, por casualidad, te encuentres con cuarenta grados de fiebre en estos tan consternados días.
Hace más daño el dolor que sientes cada día cuando te dejan de lado por tus diferencias de opinión, que el hecho de pensar que puedan aislarte por una diarrea.


Hace mucho más daño que te cesen en tu trabajo porque tu superior argumente que puedes quitarle su puesto, a pensar que puedas contraer una enfermedad que, a pesar de las atrocidades divulgadas, no pasará, con el tratamiento adecuado, de una gripe común.
Hace mucho más daño la impotencia de que se manipulen tus opiniones, a que termines necesitando una cura de sueño debido a una indigestión que te obligue a vomitar hasta el apellido de tus ancestros.
Definitivamente, me niego a que vapuleen mi doméstica intranquilidad, harta suficiente, con estratagemas de endemias globalizadas tan poco probables; porque no hay peor enfermedad que la que ya vivimos en esta carrera indiscriminada en la que se ha convertido la sociedad actual, en contra del sentido común y en favor de una competitividad permanente que nos hace mucho más daño y provoca muchos más insomnios que un virus malavenido, incrementado por la necesidad imperiosa de una primera plana en los telediarios y por los intereses personales de aquellos que, con una cuenta bancaria más abultada que la nuestra duermen, al día de hoy, mucho más tranquilos que nosotros.
Yo, a pesar del temor impuesto, seguiré disfrutando, por mi propio bien, de una familia que, a través del amor, sabe perdonar mis deslices naturales de personalidad, del abrazo al amigo que sigo sintiendo mío y de mis ideologías que son las que, invariablemente, serán las únicas que permitiré que, con orgullo, me acompañen hasta la tumba.

No hay comentarios:

Publicar un comentario