miércoles, 16 de diciembre de 2015

Rozalén, un "Quijote" en el Cervantes de Málaga



Entonces sube al escenario y el público la recibe con un cariño que pasa a formar parte del ambiente y se convierte en un protagonista más del espectáculo, como este invierno tenue de la ciudad de Málaga.

No es fácil llenar teatros, no es fácil sonreír siempre, no es fácil escribir, cantar, emocionarse una y otra vez, no acostumbrarse al éxito y buscarlo en cada ocasión como si no se hubiese conseguido antes, cuando se lo ha hecho tantas veces.

No es fácil devorarse al auditorio con tanta sencillez, con tanta afabilidad y con tan exquisita magia. 
Pero ella lo hace, y el Teatro Cervantes se entregó a su simpatía y a la suavidad de una voz que acaricia el alma.


Un viaje, otro, y uno más. Despertarse temprano y en otra ciudad, recibir elogios y responder a cada uno de ellos, brindarse y compartir lo que sabe hacer, y disfruta. 
Lleva, desde hace pocos años, una vida que busca adaptarse a esto de tener que brindar tanto, al hecho de haber pasado a ser patrimonio de un país pendiente de sus movimientos y actitudes y al premio diario de miles de guiños virtuales a través de las redes sociales, sorprendentes, y de reconocimientos merecidos a montones, reflejados, incluso, en extraordinarios compañeros de actuación.

No hay nada más placentero que ver cómo los sueños, que poco antes apenas se atisbaban, van tomando una carrera tan veloz que ya no se puede parar y procura un crecimiento tenaz, inherente a una profesionalidad dúctil y respetuosa de su trabajo y de las diferentes aportaciones de su equipo.


Las oportunidades de la vida pueden cambiar los horarios, los horizontes y desbaratar amistades, desayunos y cenas con planificaciones y viajes que parecen imposibles de asimilar; pero lo más importante es que esas oportunidades no muten la templanza ni las ilusiones, ni el hecho de reconocer como parte de tus propios logros a quienes te aplauden y a quienes, cada día, comparten tus maletas, tus horas de desvelos y ovaciones. 


Y eso, también lo hace, María Rozalén.


El teatro malagueño en pie, los brazos en alto y las voces en coro, al ritmo de la canción que cerró su concierto de anoche.

Yo, desde un palco de preferencia, disimulaba las lágrimas ante otro logro de una artista que admiro y quiero con locura, cautivada por los  párrafos finales de una letra que se elevó entre la multitud como un deseo, como un canto de libertad, como una necesidad colectiva e imperiosa: “¡que se vuele el miedo, que come por dentro todas las ilusiones que tengo!”...


María Rozalén y equipazo en el Teatro Cervantes de Málaga: sencillamente, fantásticos.

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