sábado, 2 de diciembre de 2017

Por derecho


Cualquier lugar en el que actúan, lo hacen suyo, y te sientes parte de ellos. 
Foto Félix Ramos
Incluso, al final, cuando te marchas y el teatro vuelve a ser solo un recinto silencioso que algo espera, es inevitable que extrañes el taconeo persistente, fuerte y armónico de Antonio de Verónica, su delgada silueta adueñándose del escenario, devorando hasta el último centímetro con la profundidad de una mirada cargada de escuela; la sensualidad de Saray Cortes​ envuelta en volantes, el hechizo de sus manos acariciando el aire oscuro de un teatro repleto hasta la exageración,
Foto:Félix Ramos
la sutileza de su femineidad priorizada en los movimientos aguerridos del compás flamenco ondulándose sobre las tablas; la dócil imagen de Azael inaugurando el final, con una atractiva inocencia que emula todo lo que se desarrolla delante de él  y la figura prodigiosa e incomparable de María Emma, como un artificio del arte, como un espejismo que crea percusión e imagen, apoderándose de tu atención hasta el absoluto silencio, sumergida en la eternidad, mientras los acordes de las guitarras amanecerán contigo, entre los recuerdos más entrañables de un día que no habrá sido igual a otro vivido junto a ellos …


¡Enhorabuena!... Y mis mejores deseos a toda esa familia que ha llenado el Teatro Cervantes de Málaga, una vez más, con el corazón latiendo a golpes de flamenco.




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