miércoles, 5 de febrero de 2014

Antonio Montiel: el mérito de una ciudad en las manos de sus artistas



El magnífico retratista antequerano, Antonio Montiel, vuelve a la ciudad de Málaga en los meses de verano, a encontrarse con una ciudad que lo abraza en sus eventos más significativos



Es verdad, y todo el que ha pasado por estas orillas lo sabe: el verano en Málaga es notablemente adictivo.
El sol se desmaya en una mar que no cesa de acariciar costas  impregnadas por una constante diversidad idiomática que fluye como las corrientes frías bajo las olas; las calles del centro se complacen en recibimientos, como estupendas anfitrionas de una fiesta que se extiende a lo largo de los meses estivales y los caballos de los carruajes, que esperan a sus pasajeros frente a la monumental catedral, sacuden sus bríos bajo el calor de una ciudad que no reclama siestas, ni disciplinas, y que sólo se deja llevar por la pasión de una algarabía plagada de verano y pieles bronceadas.
Es Málaga, y verdaderamente  para los que no nos hemos criado bajo sus tradiciones nos resulta indispensable y atractiva y, para aquellos que han crecido bajo su aura de extrema vorágine, al ritmo de sus noches de tapas y de sus tardes de eventos y glamour, es un placebo necesario que relaja una año laboral lleno de compromisos e insomnios.
De esta manera, quienes vivimos todo el año bajo su conjuro nos desinhibimos ante el arribo de sus tórridas horas de verano y quienes echan de menos sus calles y las costumbres que los cobijaron durante toda una vida, la buscan, en la constancia de una necesidad que habla de recuerdos y familia.
Las maravillosas pinturas de Antonio Montiel me habían subyugado, desde hacía tiempo ya, a través de  la impertinencia de las páginas de las redes sociales, por eso, cuando lo vi sobre el escenario aquella mañana, en el último día de rodaje de la película del director de cine Fran Kapilla, “Las hijas de Danao”, se lo comenté a mi marido y quedé absorta y encantada ante la suerte de esa coincidencia. Hoy me encuentro agradecida de que retome las calles malagueñas, dejando Madrid, su ciudad de acogida y trabajo,  para disfrutar de unas vacaciones deseadas en su hogar de Málaga, al amparo de los amigos y de las costumbres de una ciudad que no lo olvida.

El artista; el amigo


El pintor nos recibió una tarde, a mi hijo Agustín y a mí, en su precioso piso del centro de Málaga. Hacía tiempo que no coincidíamos, desde aquella tarde en la Parroquia Santa María de la Amargura en la que presentó un cuadro de una belleza magistral, con la imagen de la Virgen de Zamarrilla, que generó un sinfín lógico de admiraciones y fotos; una imagen que se convertiría el cartel de la salida procesional de la Hermandad de Zamarrilla en la Semana Santa malagueña de este año 2013.
En segundos nos encontramos arropados, colmados de elogios y bienvenidas, entre conversaciones basadas en episodios vividos de significativa importancia en la sucesión de su trabajo artístico  y de amistades compartidas, abrazados por las pinturas que vestían las paredes del amplio salón y nos relataban, a través de sus imágenes, iniciaciones y logros, riesgos y propósitos, admiraciones y sueños cumplidos.
Antonio es  un hombre con un talento increíble. Posee una capacidad artística innata, de ésas que se cuecen muy temprano, cuando las mañanas se cuentan en sólo una decena de años y se maceran en una perspectiva de bienvenido talento durante toda una vida de insistencias, atrevimientos y voluntades.
Nació en la ciudad andaluza de Antequera pero pasó la mayor parte de su vida bajo el sol de la ciudad de Málaga, que lo ha galardonado como suyo hace unos diez años, otorgándole el título de “Malagueño del siglo XXI”.
Es poseedor de un currículum de increíbles visitas y retratos a monarcas, políticos y artistas de la cultura española, entre los que destacan, en belleza, los retratos a los Reyes de España, el retrato a S.M. la Reina Dña. Isabel de Inglaterra, entregado en persona y con los consiguientes reconocimientos de la soberana en el Palacio de Buckingham de Londres; a S.R. Dña. Beatriz de Orleans, a la Duquesa de Alba, a los Príncipes de Arabia Saudí, al Príncipe Carl Bernadotte de Suecia, a la Baronesa Thyssen Dña. Carmen Cervera, a Fidel Castro, en Cuba; a Montserrat Cavallé, a Antonio Gades, a Lola Flores, a Rocío Jurado y las maravillosas pinturas de su eterna musa, la hermosa actriz y cantante malagueña Pepa Flores, cuya obsesión por su belleza lo llevó, a los catorce años, a escapar de la casa de sus padres hacia el pueblo donde ella residía junto al bailarín Antonio Gades para poder conocerla, y a retratarla de memoria en infinidad de ocasiones a través de un amor ingenuo y del sobresaliente talento de una adolescencia subyugada por una férrea vocación artística.
Sus galardones y reconocimientos podrían llenar las páginas de esta revista; ha pintado innumerables carteles para hermandades religiosas y ferias españolas, ha sido contratado por numerosas celebridades para pintar sus retratos y entrevistado y publicado por medios gráficos y televisivos, nacionales e internacionales de importante relevancia.
Pero, a pesar de toda esa popularidad a la que muchos ni siquiera se acercan, tengo frente a mí a un hombre de una sencillez encantadora que relata, mientras se ufana en proclamar, apasionado pero con una tranquila madurez, los esfuerzos y los riesgos que ha corrido porque le han valido la estabilidad en la que hoy se relaja.
En una conversación deliciosa, amenizada en la amistad y en las coincidencias, he compartido con un artista sin parangón los devenires de los riesgos que suele afrontar un soñador en pos de sus ilusiones y de su vocación; hemos traducido situaciones que nos han sumido en lo mejor de los recuerdos y he comprobado, en ese cómodo salón de aquel bonito piso del centro de Málaga, que, finalmente, no resulta demasiado significativa la importancia que nos puedan dar cientos de halagos alrededor del mundo y que no siempre la ayuda proviene de quien más cerca tengamos, sino que, la mayoría de las veces, el mejor alimento para nuestro orgullo proviene de quien menos lo esperamos y, sobretodo, de la confianza que tengamos en nuestra vocación y de la firmeza con la que defendamos nuestros ideales.


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